Cómo educar sin gritos (Parte II)

Este es uno de los retos que toda madre (y padre) debería proponerse.

Conseguirlo cambiará tu vida y la de tus hijos ahora y en el futuro. Y es que muchos de los problemas de la adolescencia provienen de una comunicación inadecuada entre padres e hijos y es en edades más tempranas cuando podemos prevenirlo.

Por otra parte, educar sin gritos te enseña a ti tanto como a tus hijos, pues ellos también necesitarán aprender a relajarse, a gestionar sus emociones y a comunicarse adecuadamente. Herramientas que aprenderán de ti, si tú las aplicas en tu día a día. Y no se puede enseñar algo que no se sabe.

Si aún no has leído Cómo educar sin gritos (Parte I), puedes hacerlo pinchando aquí.

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Cómo educar sin gritos, Parte II

(Relajación)

Aprender a educar sin gritos requiere mucho esfuerzo y trabajo por tu parte y será un camino largo. No te desanimes si no lo consigues a la primera o si después de un tiempo vuelves a recaer. Lo importante es ser consciente de que puedes conseguirlo y de la importancia que eso tiene.

Relajarnos va a ser el primer paso para no descargar toda nuestra tensión sobre nuestros hijos, ajenos a nuestro cansancio, nuestras frustraciones y nuestro estrés.

Ejercitarlo a diario nos ayudará a mantener la calma justo en ese momento en el que sentimos esas ganas irrefrenables de gritarles, aprendiendo poco a poco a controlar ese impulso.

¡¡¡Súmate al reto!!!

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Ejercicio 1: Respiración abdominal

Relaja el abdomen todo lo que puedas.
Coge aire lenta y profundamente por la nariz, de tal forma que notes cómo se llenan tus pulmones y también tu abdomen.
Cuenta hasta 5 y suelta el aire por la boca muy lentamente.
Repítelo durante al menos 5 minutos.
Este ejercicio te proporciona una buena dosis extra de oxígeno y con poco entrenamiento puede que te sientas algo mareada, así que lo ideal es que vayas aumentando 1 ó 2 minutos cada día hasta llegar a los 20 minutos aconsejados.
Si tienes tiempo, lo mejor es hacerlo nada más levantarte ya que hará que el día empiece con buen pié. Sin embargo, sé que estás muy ocupada, así que puedes aprovechar para hacerlo justo al acostarte. No te quitará mucho tiempo y conseguirá que duermas mejor.
Ejercicio 2: Me siento agua

Respira muy lentamente con los ojos cerrados durante al menos 3 minutos. A partir de ese momento, empezarás a distinguir los músculos de tu cuerpo que acumulan mayor tensión.
Aún con los ojos cerrados y consciente de tu respiración, imagina que tus músculos están rellenos de agua. Puedes imaginar todo tu cuerpo o visualizar cada músculo por separado, enfocándote en aquellos puntos que más te cuesta relajar. Te será imposible seguir tensándolos. El agua simplemente fluye.

Ejercicio 3: Relajación muscular

Justo antes de perder los nervios, solemos sentir una gran tensión muscular. Aprender a identificar esa tensión y dónde se acumula nos ayudará a controlar el impulso de gritar y hacer daño.
Para ello, vamos a tensar cada grupo de músculos durante 10 segundo aproximadamente y luego lo destensamos hasta dejarlo totalmente relajado. Si no lo conseguimos volveremos a hacer el ejercicio 1 y lo intentamos de nuevo.
Lo ideal es que lo realices tumbada/o. Empezamos apretando los dientes (1, 2, 3… hasta 10) y aflojando. Cuello hundido, hombros agarrotados, brazos contra el cuerpo y puños apretados (1, 2, 3… hasta 10) y aflojamos. Zona pélvica, apretamos los músculos (vajina, pene, ano…) hacia adentro como si quisiéramos retener (1, 2, 3… hasta 10) y relajamos. Piernas estiradas y tensas, pies agarrotados(1, 2, 3… hasta 10). Relajamos.
Repítelo varias veces.
Si lo realizas cada día, tu mente recordará lo que tiene que hacer después de tensar los músculos y los relajarás de una manera casi automática, evitando que la tensión vaya a más.

Ejercicio 4: Imagen mental

Seguramente recuerdas algún momento de tu vida, un solo instante quizás, en el que sentiste auténtica paz. Una relajación total de la mente. Ese atardecer en una playa casi desierta, ese amanecer junto a alguien especial, esa semana de meditación, ese viaje,…. Una imagen en tu mente que al recordarla te hace sentir de nuevo esa paz inmensa. Es lo que se llama “un anclaje”.
Todos deberíamos tener uno. Si no lo tienes, búscalo. Encuentra el momento de hacerte con ese instante de paz que te valdrá para siempre. Ya no tendrás que vivirlo, sólo con recordarlo sentirás las mismas emociones… una y otra vez.
Cuando la tengas, recurre a ella siempre que lo necesites. En los momentos de estrés, cuando ya no puedes más y sobre todo, cuando tengas ganas de gritarle o hacerle daño a tus hijos.

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Espero que lo disfrutes y lo apliques en tu día a día. A mí me funciona de maravilla y mi familia lo agradece casi más que yo.

Si te ha gustado este post, puedes dejarme un comentario aquí. Así, ayudarás a otras personas a superar este difícil reto.

¡¡¡No te pierdas el próximo capítulo!!! Traigo cosas muy interesantes.

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Un comentario en “Cómo educar sin gritos (Parte II)

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