Cómo educar sin gritos (Parte III)

Si aún no has leído Cómo educar sin gritos, Parte I (Introducción), puedes hacerlo aquí.

Si aún no has leído Cómo educar sin gritos, Parte II (Relajación), puedes hacerlo aquí.

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Cómo educar sin gritos, Parte III

(Gestión de la ira)

En el capítulo anterior vimos cómo relajarnos para no llegar a los momentos de crisis con demasiada tensión acumulada. Esto es muy importante ya que nos ayuda a mantener la serenidad más tiempo y en mayor número de ocasiones.

Sin embargo, no es suficiente.

A menudo, lo que nos hace perder los nervios en determinadas situaciones no es el estado anímico anterior a dicha situación. Podemos estar andando tranquilamente por la casa y de repente convertirnos en una especie de “monstruo iracundo” por el simple hecho de ver “churretes” de, vete a saber qué, sobre el sofá.

Es posible que el sólo hecho de estar relajadas/os nos ayude a no tomarnos las cosas tan a la tremenda. O que nos ayude a mantener la calma a pesar de la ira que sintamos. Aunque lo que realmente nos va a ayudar profundamente es gestionar esas emociones de una manera adecuada.

La ira es una emoción muy intensa y veloz. Te domina y se va rápidamente. Normalmente suele aparecer cuando estamos más cansadas/os (irritabilidad) o frustradas/os porque no salen las cosas como queremos (resentimiento).

Lo primero que debemos entender es que sentir ira no es algo negativo ni positivo. Es algo que simplemente ocurre y, pretender no sentirla es el principal error que cometemos. Las emociones son imprescindibles, nos ponen el foco de atención sobre algo para que reaccionemos y lo superemos de la manera más favorable para nosotros. Nos está diciendo que lo que pasa es una amenaza (para nuestra vida o nuestra personalidad).

En el caso de los niños, es fácil sentirnos amenazados. Nos recuerdan constantemente que no sabemos hacerlo tan bien como pensábamos, que es más difícil de lo que creíamos. Nos hacen dudar, retroceder… Y sentir esa amenaza es bueno. Nos hace estar siempre alerta, no dejar de buscar nuevas soluciones, aprender de los errores.

Lo que no es tan bueno es lo que hacemos para desahogar todas esas emociones, así que vamos a aprender a gestionarlas sin hacer daño a nadie ni a nada.

Para ello, vamos a:

PARAR Y CONTAR:

Como hemos dicho, la ira es una emoción muy rápida. Una vez que estás inmersa en ella, no te deja pensar por lo que ya no podrás controlar tus impulsos. Así que, cuando sientas ganas de gritar, paralízate. No te muevas. Cuenta hasta diez respirando muy lentamente. Suele venir bien expulsar el aire como si sopláramos una vela. En diez segundos la ira desaparecerá. Seguirás enfadada/o ya que no has solucionado el problema, así que sigue manteniendo la respiración y el tono de voz bajo.

ABANDONAR LA ESCENA:

Si esto no funciona o no somos capaces de controlar nuestra respiración y contar hasta diez, lo mejor será abandonar la escena un momento. Puedes explicarles a tus hijos de antemano que si te enfadas, te irás de la habitación para calmarte pues no quieres herirles. Podéis pactar una señal, como tiempo muerto, para avisarles de que te vas a marchar para desahogarte.

Busca  un lugar tranquilo y expresa tu rabia. Pataléa, grita (si no te oyen tus hijos), pega a una almohada, salta, corre… Lo que sea que te haga sentir mejor. Estás en tu derecho de sentirte así. No te sientas culpable ni avergonzada/o por ello y sobre todo, no lo reprimas. Acepta tu ira, todo el mundo la siente en algún momento, no pasa nada.

EMPATIZAR:

Ponte en su lugar. Lo que tú ves como una falta de respeto, un ataque hacia tu persona o un desafío, pueden ser simplemente nervios porque llega su cumpleaños o viene visita. Recuerda siempre que  son niños y aún tienen mucho que aprender. Gestionar las emociones adecuadamente es algo muy difícil para alguien racional y adulto. Para un niño completamente emocional es todo un misterio que debe desvelar poco a poco, con ayuda y comprensión.

CAMBIAR TU DIÁLOGO INTERIOR:

Frases como “ya empezamos”,  “otra vez con lo mismo”, “como se atreve”, “se va a enterar”… sólo sirven para avivar el fuego. Nuestro diálogo interior es el que nos hace saltar a la más mínima chispa, pues no estamos reaccionando por el hecho en sí, sino por todo lo que estamos pensando.

Intenta reaccionar a lo que está pasando como si fuera la primera vez. Aunque ya se lo hayas dicho miles de veces, está claro que no ha funcionado. Frases como “voy a solucionarlo”, “yo puedo hacerlo”, “encontraré una solución”… te permitirán afrontar la situación con más fuerza y optimismo.

BUSCAR LA CAUSA REAL DEL ENFADO:

Cuando estés más tranquila/o, busca la causa real de tu enfado. No han sido las manchas en el sofá, seguro. Eso sólo ha sido el detonante. Analiza en que situaciones te sientes así y podrás encontrar un patrón. Algo que se repite.

EXPRESAR EL ENFADO:

Exprésalo. Dile a tus hijos lo que te molesta realmente: Que no te ayuden a limpiar, que no coman en la cocina, que no te dejen descansar….

Será más positivo para ellos que después de decirles lo que te molesta, les digas lo que esperas de ellos: Espero que cuando manchéis algo, lo limpiéis inmediatamente; espero que comáis sentados para no manchar los muebles; necesito que juguéis a algo tranquilo para que pueda descansar un rato…

COMPARTIR EL ENFADO:

Busca a alguien con quien hablar de todo esto. A menudo, las mamás (y papás) no solemos hablar de lo que nos molesta o lo que nos frustra porque sentimos que es lo que nos toca. Así que nos lo tragamos hasta que ya no podemos más y es cuando explotamos de manera incontrolada. Si lo hablas con alguien, verás cómo te sientes mejor, no acumulas rencor y encuentras alguna solución duradera. Puedes llegar a acuerdos con tu pareja, con otras mamás  o algún familiar para tener más tiempo libre o para ayudaros mutuamente.

Si te ha sido útil, escribe un comentario y comparte tus pensamientos. Si lo haces, ayudarás a muchas mamás (y papás) a superar esta etapa de sus vidas.

Si no estás de acuerdo con algo o quieres matizarlo, te invito a que lo comentes libremente. Estamos aquí para debatir y crecer.

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