Cómo educar sin gritos (Parte IV)

Cómo educar sin gritos (Parte IV – Educando en positivo)

Hasta ahora hemos visto cómo relajarnos y gestionar nuestras emociones para no gritar a nuestros hijos.

 

Los argumentos que nos damos a nosotras/os mismas/os para hacerlo es que “no hacen lo que tienen que hacer” o “se portan mal”.

Pues bien. La Educación Positiva nos va a ayudar a poner límites adecuados y consecuencias lógicas (en vez de castigos) para comunicarnos más eficazmente con nuestros hijos a través del respeto mutuo y conseguir que colaboren y se responsabilicen de lo que hacen.

CÓMO HABLAR CON TU HIJO (desde la educación positiva):

– Ante todo, respétale. Háblale de igual a igual. Nunca le exigirías a tu pareja que hiciera lo que tú quieres. Lo pedirías con calma y en todo caso, lo negociarías ¿no? Pues los niños no son distintos. Necesitan el mismo respeto para aprender a respetar.

– Dale instrucciones claras y sencillas. “Portarse bien” es demasiado ambiguo para un niño. Será mejor decirle “necesito silencio mientras hablo con…”, “necesito que te quedes sentado, mientras hago…” o “en el parque, quiero que estés donde yo pueda verte”

– Díselo en un tono normal, agáchate hasta su nivel y mírale a los ojos. Gritarle desde otra habitación

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Cómo educar sin gritos (Parte III)

Si aún no has leído Cómo educar sin gritos, Parte I (Introducción), puedes hacerlo aquí.

Si aún no has leído Cómo educar sin gritos, Parte II (Relajación), puedes hacerlo aquí.

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Cómo educar sin gritos, Parte III

(Gestión de la ira)

En el capítulo anterior vimos cómo relajarnos para no llegar a los momentos de crisis con demasiada tensión acumulada. Esto es muy importante ya que nos ayuda a mantener la serenidad más tiempo y en mayor número de ocasiones.

Sin embargo, no es suficiente.

A menudo, lo que nos hace perder los nervios en determinadas situaciones no es el estado anímico anterior a dicha situación. Podemos estar andando tranquilamente por la casa y de repente convertirnos en una especie de “monstruo iracundo” por el simple hecho de ver “churretes” de, vete a saber qué, sobre el sofá.

Es posible que el sólo hecho de estar relajadas/os nos ayude a no tomarnos las cosas tan a la tremenda. O que nos ayude a mantener la calma a pesar de la ira que sintamos. Aunque lo que realmente nos va a ayudar profundamente es gestionar esas emociones de una manera adecuada.

La ira es una emoción muy intensa y veloz. Te domina y se va rápidamente. Normalmente suele aparecer cuando estamos más cansadas/os (irritabilidad) o frustradas/os porque no salen las cosas como queremos (resentimiento).

Lo primero que debemos entender es que sentir ira no es algo negativo ni positivo. Es algo que simplemente ocurre y, pretender no sentirla es el principal error que cometemos. Las emociones son imprescindibles, nos ponen el foco de atención sobre algo para que reaccionemos y lo superemos de la manera más favorable para nosotros. Nos está diciendo que lo que pasa es una amenaza (para nuestra vida o nuestra personalidad).

En el caso de los niños, es fácil sentirnos amenazados. Nos recuerdan constantemente que no sabemos hacerlo tan bien como pensábamos, que es más difícil de lo que creíamos. Nos hacen dudar, retroceder… Y sentir esa amenaza es bueno. Nos hace estar siempre alerta, no dejar de buscar nuevas soluciones, aprender de los errores.

Lo que no es tan bueno es lo que hacemos para desahogar todas esas emociones, así que vamos a aprender a gestionarlas sin hacer daño a nadie ni a nada.

Para ello, vamos a:

PARAR Y CONTAR:

Como hemos dicho, la ira es una emoción muy rápida. Una vez que estás inmersa en ella, no te deja pensar por lo que ya no podrás controlar tus impulsos. Así que, cuando sientas ganas de gritar, paralízate. No te muevas. Cuenta hasta diez respirando muy lentamente. Suele venir bien expulsar el aire como si sopláramos una vela. En diez segundos la ira desaparecerá. Seguirás enfadada/o ya que no has solucionado el problema, así que sigue manteniendo la respiración y el tono de voz bajo.

ABANDONAR LA ESCENA:

Si esto no funciona o no somos capaces de controlar nuestra respiración y contar hasta diez, lo mejor será abandonar la escena un momento. Puedes explicarles a tus hijos de antemano que si te enfadas, te irás de la habitación para calmarte pues no quieres herirles. Podéis pactar una señal, como tiempo muerto, para avisarles de que te vas a marchar para desahogarte.

Busca  un lugar tranquilo y expresa tu rabia. Pataléa, grita (si no te oyen tus hijos), pega a una almohada, salta, corre… Lo que sea que te haga sentir mejor. Estás en tu derecho de sentirte así. No te sientas culpable ni avergonzada/o por ello y sobre todo, no lo reprimas. Acepta tu ira, todo el mundo la siente en algún momento, no pasa nada.

EMPATIZAR:

Ponte en su lugar. Lo que tú ves como una falta de respeto, un ataque hacia tu persona o un desafío, pueden ser simplemente nervios porque llega su cumpleaños o viene visita. Recuerda siempre que  son niños y aún tienen mucho que aprender. Gestionar las emociones adecuadamente es algo muy difícil para alguien racional y adulto. Para un niño completamente emocional es todo un misterio que debe desvelar poco a poco, con ayuda y comprensión.

CAMBIAR TU DIÁLOGO INTERIOR:

Frases como “ya empezamos”,  “otra vez con lo mismo”, “como se atreve”, “se va a enterar”… sólo sirven para avivar el fuego. Nuestro diálogo interior es el que nos hace saltar a la más mínima chispa, pues no estamos reaccionando por el hecho en sí, sino por todo lo que estamos pensando.

Intenta reaccionar a lo que está pasando como si fuera la primera vez. Aunque ya se lo hayas dicho miles de veces, está claro que no ha funcionado. Frases como “voy a solucionarlo”, “yo puedo hacerlo”, “encontraré una solución”… te permitirán afrontar la situación con más fuerza y optimismo.

BUSCAR LA CAUSA REAL DEL ENFADO:

Cuando estés más tranquila/o, busca la causa real de tu enfado. No han sido las manchas en el sofá, seguro. Eso sólo ha sido el detonante. Analiza en que situaciones te sientes así y podrás encontrar un patrón. Algo que se repite.

EXPRESAR EL ENFADO:

Exprésalo. Dile a tus hijos lo que te molesta realmente: Que no te ayuden a limpiar, que no coman en la cocina, que no te dejen descansar….

Será más positivo para ellos que después de decirles lo que te molesta, les digas lo que esperas de ellos: Espero que cuando manchéis algo, lo limpiéis inmediatamente; espero que comáis sentados para no manchar los muebles; necesito que juguéis a algo tranquilo para que pueda descansar un rato…

COMPARTIR EL ENFADO:

Busca a alguien con quien hablar de todo esto. A menudo, las mamás (y papás) no solemos hablar de lo que nos molesta o lo que nos frustra porque sentimos que es lo que nos toca. Así que nos lo tragamos hasta que ya no podemos más y es cuando explotamos de manera incontrolada. Si lo hablas con alguien, verás cómo te sientes mejor, no acumulas rencor y encuentras alguna solución duradera. Puedes llegar a acuerdos con tu pareja, con otras mamás  o algún familiar para tener más tiempo libre o para ayudaros mutuamente.

Si te ha sido útil, escribe un comentario y comparte tus pensamientos. Si lo haces, ayudarás a muchas mamás (y papás) a superar esta etapa de sus vidas.

Si no estás de acuerdo con algo o quieres matizarlo, te invito a que lo comentes libremente. Estamos aquí para debatir y crecer.

Cómo educar sin gritos (Parte II)

Este es uno de los retos que toda madre (y padre) debería proponerse.

Conseguirlo cambiará tu vida y la de tus hijos ahora y en el futuro. Y es que muchos de los problemas de la adolescencia provienen de una comunicación inadecuada entre padres e hijos y es en edades más tempranas cuando podemos prevenirlo.

Por otra parte, educar sin gritos te enseña a ti tanto como a tus hijos, pues ellos también necesitarán aprender a relajarse, a gestionar sus emociones y a comunicarse adecuadamente. Herramientas que aprenderán de ti, si tú las aplicas en tu día a día. Y no se puede enseñar algo que no se sabe.

Si aún no has leído Cómo educar sin gritos (Parte I), puedes hacerlo pinchando aquí.

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Cómo educar sin gritos, Parte II

(Relajación)

Aprender a educar sin gritos requiere mucho esfuerzo y trabajo por tu parte y será un camino largo. No te desanimes si no lo consigues a la primera o si después de un tiempo vuelves a recaer. Lo importante es ser consciente de que puedes conseguirlo y de la importancia que eso tiene.

Relajarnos va a ser el primer paso para no descargar toda nuestra tensión sobre nuestros hijos, ajenos a nuestro cansancio, nuestras frustraciones y nuestro estrés.

Ejercitarlo a diario nos ayudará a mantener la calma justo en ese momento en el que sentimos esas ganas irrefrenables de gritarles, aprendiendo poco a poco a controlar ese impulso.

¡¡¡Súmate al reto!!!

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Ejercicio 1: Respiración abdominal

Relaja el abdomen todo lo que puedas.
Coge aire lenta y profundamente por la nariz, de tal forma que notes cómo se llenan tus pulmones y también tu abdomen.
Cuenta hasta 5 y suelta el aire por la boca muy lentamente.
Repítelo durante al menos 5 minutos.
Este ejercicio te proporciona una buena dosis extra de oxígeno y con poco entrenamiento puede que te sientas algo mareada, así que lo ideal es que vayas aumentando 1 ó 2 minutos cada día hasta llegar a los 20 minutos aconsejados.
Si tienes tiempo, lo mejor es hacerlo nada más levantarte ya que hará que el día empiece con buen pié. Sin embargo, sé que estás muy ocupada, así que puedes aprovechar para hacerlo justo al acostarte. No te quitará mucho tiempo y conseguirá que duermas mejor.
Ejercicio 2: Me siento agua

Respira muy lentamente con los ojos cerrados durante al menos 3 minutos. A partir de ese momento, empezarás a distinguir los músculos de tu cuerpo que acumulan mayor tensión.
Aún con los ojos cerrados y consciente de tu respiración, imagina que tus músculos están rellenos de agua. Puedes imaginar todo tu cuerpo o visualizar cada músculo por separado, enfocándote en aquellos puntos que más te cuesta relajar. Te será imposible seguir tensándolos. El agua simplemente fluye.

Ejercicio 3: Relajación muscular

Justo antes de perder los nervios, solemos sentir una gran tensión muscular. Aprender a identificar esa tensión y dónde se acumula nos ayudará a controlar el impulso de gritar y hacer daño.
Para ello, vamos a tensar cada grupo de músculos durante 10 segundo aproximadamente y luego lo destensamos hasta dejarlo totalmente relajado. Si no lo conseguimos volveremos a hacer el ejercicio 1 y lo intentamos de nuevo.
Lo ideal es que lo realices tumbada/o. Empezamos apretando los dientes (1, 2, 3… hasta 10) y aflojando. Cuello hundido, hombros agarrotados, brazos contra el cuerpo y puños apretados (1, 2, 3… hasta 10) y aflojamos. Zona pélvica, apretamos los músculos (vajina, pene, ano…) hacia adentro como si quisiéramos retener (1, 2, 3… hasta 10) y relajamos. Piernas estiradas y tensas, pies agarrotados(1, 2, 3… hasta 10). Relajamos.
Repítelo varias veces.
Si lo realizas cada día, tu mente recordará lo que tiene que hacer después de tensar los músculos y los relajarás de una manera casi automática, evitando que la tensión vaya a más.

Ejercicio 4: Imagen mental

Seguramente recuerdas algún momento de tu vida, un solo instante quizás, en el que sentiste auténtica paz. Una relajación total de la mente. Ese atardecer en una playa casi desierta, ese amanecer junto a alguien especial, esa semana de meditación, ese viaje,…. Una imagen en tu mente que al recordarla te hace sentir de nuevo esa paz inmensa. Es lo que se llama “un anclaje”.
Todos deberíamos tener uno. Si no lo tienes, búscalo. Encuentra el momento de hacerte con ese instante de paz que te valdrá para siempre. Ya no tendrás que vivirlo, sólo con recordarlo sentirás las mismas emociones… una y otra vez.
Cuando la tengas, recurre a ella siempre que lo necesites. En los momentos de estrés, cuando ya no puedes más y sobre todo, cuando tengas ganas de gritarle o hacerle daño a tus hijos.

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Espero que lo disfrutes y lo apliques en tu día a día. A mí me funciona de maravilla y mi familia lo agradece casi más que yo.

Si te ha gustado este post, puedes dejarme un comentario aquí. Así, ayudarás a otras personas a superar este difícil reto.

¡¡¡No te pierdas el próximo capítulo!!! Traigo cosas muy interesantes.

Cómo educar sin gritos (Parte I)

Conseguir que nuestros hijos nos hagan caso no es tarea fácil.

A menudo recurrimos a los gritos (en el mejor de los casos) en un intento desesperado de llamar su atención y hacerles “entrar en razón”. Algo que, no sólo no conseguimos, sino que nos hace sentir mucho peor.

Sabemos que ese no es el camino ya que gritar continuamente a los niños:

– Daña su autoestima.

– Les aleja de nosotros, ya que perdemos su confianza.

– Les enseña un patrón de conducta a imitar en el futuro.

– No genera respeto ni autoridad, sino miedo.

– Les hace estar nerviosos y estresados.

– Les acostumbra a vivir con gritos y dejan de llamar su atención.

– Les convierte en niños tristes o por el contrario, rebeldes.

Sin embargo, no encontramos la manera de solucionarlo.

Si queremos que nuestros hijos modifiquen lo que consideramos un comportamiento inadecuado, debemos primero aprender a modificar el nuestro. Sólo si aprendemos a controlar nuestros propios impulsos estaremos en condiciones de enseñar a los más pequeños cómo se hace.

Para ello, vamos a aprender paso a paso:

1. A relajarnos. Conseguir esa armonía entre cuerpo y mente nos ayudará a detectar el momento en que empieza a aflorar la tensión para poder desahogarla antes de que vaya a más.

2. A gestionar adecuadamente la ira. Emoción que suele aparecer debido a la frustración, el cansancio o el resentimiento. Para ello, debemos comprenderla, asumirla y expresarla de manera que no dañe a nadie.

2. A educar en positivo (sin autoritarismo ni permisividad) para conseguir una autoridad basada en el respeto mutuo, poniendo límites y reglas claras que ayuden al niño a crecer con coherencia y amor.

Dada la complejidad y extensión del tema, he preparado 3 artículos independientes para desarrollar en profundidad cada uno de los 3 puntos.

Si eres una mamá (o papá) que grita a sus hijos y quieres dejar de hacerlo, o si por el contrario ya lo has conseguido y quieres ayudar a otras personas de tu entorno, suscríbete aquí a mamasinestres y recibirás los artículo en tu correo una vez a la semana (contenido exclusivo para suscriptores).

*** Para las antiguas suscripciones de usuarias/os de wordpress, necesito que os volváis a suscribir desde aquí, ya que no tengo acceso a algunos de vuestros correos. Mil gracias.

Cómo tener más paciencia con los hijos

Esto es lo que nos descubre edukame en su revista “El método de la paciencia con hijos”. Una revista de 60 páginas donde nos enseñan cómo conseguir más paciencia con nuestros hijos (por un precio que bien merece la pena).

Revista el metodo de la paciencia con hijos

En ella nos enseñan a involucrar a nuestros hijos en la resolución de los conflictos que surgen a lo largo del día, dirigiendo la escena desde la calma y no desde la agresividad que nos provoca el estrés, la frustración, la soledad, la falta de recursos y tantos otros motivos que hacen que actuemos contra nuestros hijos (hiriéndoles física o verbalmente) y nos sintamos luego tan culpables por ello.

Cuales son las causas que nos hacen perder la paciencia, qué debemos cambiar en nuestro interior para conseguirla, qué ocurre cuando la perdemos y cómo evitar dañar a nuestros hijos por ello, son algunas de las claves que nos descubren.

A diferencia de otros textos, este está escrito por alguien que ha pasado por esto y ha aprendido a gestionarlo:

La energía que intentaba reprimir para no mostrar era la de
mi cansancio que me hacía sentir “que no podía”. Me veía cansada
y agotada hasta tal punto que, muchas noches con mis
hijos, solo veía trabajo y trabajo: atender todas sus necesidades
y peticiones como baños, cenas, comprar, lavadora, preparar lo
de mañana, etc. Pero en lugar de atender esa emoción en mi, la
escondía con el objetivo de que desapareciera pues al fin y al
cabo todo ello pertenecía a mi rol de madre. Lo llevaba bajo control
hasta que aparecían las malditas manchas, que me servían
de válvula de escape para descargar tanta retención (catarsis).
Pero claro, no era la mejor forma, pues era una salida muy destructiva
para mis hijos y que luego a mi me hacía sentir fatal.

Un texto lleno de ternura hacia las madres y padres que, a diferencia de lo que pueda parecer en esos momentos de “locura”, quieren a sus hijos por encima de todo.

Aprender a pedir ayuda (truco 8)

Una buena relación se basa en la comunicación. Y una buena comunicación se basa en la sinceridad. Por eso, para que existan buenas relaciones (familiares y de amistad) es fundamental que aprendamos a expresar nuestros sentimientos y necesidades.

A menudo pensamos: “con lo cansada que estoy ya podía mi pareja ayudarme más” “ya podían los abuelos llevarse a los niños una tarde” ” a ver si los niños recogen un poco”. Y pensamos que es tan evidente que debería pasar por sí solo. Así que, cuando no pasa, nos sentimos resentidas con ellos.

Pero no sabemos lo que pasa por la mente de los demás, al igual que nadie sabe lo que pasa por la nuestra. Y, aunque la empatía consiste en ponerse en el lugar del otro, no siempre ocurre como queremos.

En ocasiones, sí llegamos a decirlo en voz alta: “cariño, necesito más ayuda por tu parte”, “abuelos, cuando queráis os podéis llevar a los niños a pasear”, “niños, tenéis que ayudar en casa”. Y cuando no ocurre, nos frustramos aún más y nos preguntamos ¿qué pasa? ¡si ya lo he pedido!

Sin embargo, esto tampoco es buena comunicación. Dependemos de nuevo de la empatía para que el otro sepa cuándo y cómo debe actuar.

Así que no nos queda más remedio que ser concretas: “cariño esta noche necesito que te levantes cuando llamen los niños”, “abuelos ¿mañana podéis recoger a los niños y traerlos a las nueve?”, “niños, antes de cenar recoger vuestra habitación”.

De esta manera nadie tiene que suponer nuestras necesidades. Todos saben lo que deben hacer y les damos la oportunidad de ayudarnos o expresar sus propios deseos o necesidades.

Y es que las suposiciones no tienen sentido. A veces, si lo hablamos, nos damos cuenta de que lo que pensábamos no era exactamente lo que estaba pasando. Sin embargo, lo hemos sufrido igual que si fuera verdad. ¿cuantas veces no hemos “supuesto” que alguien había sufrido un accidente porque llegaba tarde y luego venía con una explicación de lo más normal? Pues las secuelas del sufrimiento que provoca ese pensamiento son las mismas que si hubiera pasado. Así que nos hacemos más viejas y matamos más neuronas de las necesarias.

Si lo que conseguimos pidiendo ayuda es una excusa es un buen momento para hablar de ello (con niños o adultos) y hacerles ver el sobre esfuerzo al que estamos sometidas, la frustración que sentimos o la necesidad de descanso físico y emocional.

Y si aún así no lo entienden… enséñales este vídeo:

 

¡Feliz sábado!

Cómo elaborar un menú semanal familiar

Ahora en veranito, más que nunca, necesitamos tiempo para estar con nuestros hijos y aprovechar el buen tiempo. Y organizarnos en la cocina nos ayudará a conseguirlo, además de cuidar nuestra salud y nuestra economía.

Lo primero que hay que tener en cuenta para elaborar un menú semanal familiar son los grupos de alimentos y en qué proporción es aconsejable consumirlos.

A continuación os detallo cada grupo con algunos consejos:

LEGUMBRES: 2 veces a la semana

Como plato único y otras dos como guarnición (habas, guisantes, judías verdes).

Si las compramos ya cocidas, debemos lavarlas bien para eliminar los conservantes que vienen de fábrica.

CARNES: 3 veces a la semana

Alternando entre carne de ave, de cerdo, conejo y carnes rojas (vaca, cordero o buey). Esta última habrá de consumirse al menos una vez a la semana.

PESCADO: 4 veces a la semana

Alternando entre blanco y azul.  La proporción para un adulto sano es de dos blancos y dos azules.

Se recomienda que los niños y las embarazadas consuman pescados azules de pequeño tamaño como sardina, anchoa, arenque, caballa, salmón, trucha marina, jurel, cazón, anguila, boquerón, salmonete, palometa, atún blanco (y de lata)… por su bajo contenido en mercurio (altamente contaminante). Así que descartaremos los grandes como el emperador o pez espada, atún rojo, o lubina para un menú familiar.

ARROZ o PASTA: 4 veces a la semana

Como plato principal. Pudiéndose sustituir cada ración por dos guarniciones.

El arroz y la pasta tienen un alto porcentaje de almidón, imprescindible para el organismo. Por eso es muy importante no lavarlos, pues lo eliminamos. Para las ensaladas, lo mejor es cocerlos con antelación y dejarlos enfriar a su aire (con un chorrito de aceite para que no se apelmace).

HUEVOS: 2 ó 3 veces a la semana

Pudiéndose consumir 1 ó 2 más en diferentes guarniciones: mayonesas, picadillos, revueltos…

VERDURAS: 3 piezas al día

Una de las piezas debe ser cruda y otra o la misma será de hoja verde.

Se considera una pieza de verdura aproximadamente un cuenco.

FRUTAS: 2 piezas al día

A ser posible, una de ellas será cítrica (naranja, pomelo, mandarina, limón, lima). Para conseguir consumir uno todos los días, podéis probar a cocinar con ellos.

Los cítricos consumidos tras las comidas principales mejoran la absorción del hierro y queman parte de las grasas consumidas. Aunque hay quien dice que se debe consumir la fruta separada de las comidas. Yo por si acaso alterno las dos teorías. Cada cual elige.

Se recomienda lavar la fruta y la verdura con esmero o pelarla por su alto contenido en pesticidas.

PATATAS: 1 vez al día

Dado su alto contenido en hidratos de carbono y almidón, se aconseja su consumo a diario.

LÁCTEOS: mínimo 500 ml de leche al día (a partir de un año de edad) o derivados

Si algún miembro de la familia anda bajo de hierro, conviene no consumir los lácteos hasta dos horas después de las comidas principales, por lo que se consumirán en desayunos, aperitivos y meriendas fundamentalmente.

 

Teniendo en cuenta todo esto, podemos hacer un primer boceto como este:

paso 1 elaboración menú

Y empezar a rellenarlo así:

paso 2 elaboración menú

A partir de aquí, y según las recomendaciones, iremos añadiendo las guarniciones y los primeros platos:

Paso 3 elaboración menú

Y ahora añadiremos desayunos y meriendas para completarlo:

menu semanal familiar verano

Todo lo que aquí os cuento está basado en diferentes estudios que he ido recopilando a lo largo del tiempo y es en lo que me baso para crear mis propios menús.

Si te ha sido útil la información, sólo te pido un minuto de tu tiempo. Déjame un comentario en el que me cuentes de qué tema te gustaría saber más en estos momentos para mejorar tu maternidad. Puede ser que necesites información sobre cómo alimentar de forma adecuada a tu familia, o que necesites organizar mejor tu tiempo o tu casa, o que busques técnicas de autocontrol o control del estrés o de la frustración, o quizás tienes dudas sobre la crianza de tus hijos, o te gusta probar nuevos trucos de limpieza o nuevas recetas para tus peques, o quizás te gustaría tener un resumen de esos libros de maternidad y crianza de los que todo el mundo habla y nunca tienes tiempo de leer… Las posibilidades son infinitas.

Cómo enseñar a los niños a no pegar (truco 6)

Los niños, desde que tienen 1 año y a veces menos, demuestran su frustración pegando.

Aún no saben hablar y pegar manotazos o patadas porque no consiguen lo que quieren es el único camino que conocen para expresar su rabia.

Si cedemos a sus demandas les enseñamos que es un buen método para conseguir sus propósitos. Así que normalmente lo que hacemos es regañarles airadamente e incluso pegarles para demostrarles que no consentimos la agresión.

¿Y qué conseguimos con esto? Por un lado generamos más rabia y frustración que no saben canalizar de otra manera, así que se vuelven aún más agresivos. Y por otro, les enseñamos que cuando queremos algo lo conseguimos pegando y/o gritando, cuando lo que queremos es enseñarles lo contrario en realidad.

Quizás nosotros tampoco aprendimos otras herramientas para canalizar nuestra frustración. Y no hay nada más frustrante que no conseguir que un niño haga lo que queremos ¿verdad? Algo en teoría muy fácil y en la práctica… no tanto.

Así que lo que podemos hacer es convertir una situación tensa en una tranquila ¿y cómo se hace?

Cuando son muy pequeños aprenden por repetición, así que les repetiremos tantas veces como haga falta que “no se pega”. Cogeremos su mano y acariciaremos con ella a la persona agredida (que puede ser una misma) para tornar el momento en algo agradable. Si la frustración ha sido pequeña, con esto bastará. Si  ha sido algo más fuerte y no le dejamos desahogarse pegando, romperá en llanto. Esta es una buena herramienta para dar salida a la frustración. Abrázale (si quiere) mientras lo hace. Cuanto más intensa haya sido la emoción, más tardará en calmarse. Es importante dejarle llorar hasta que se calme solo y no darle a entender que llorar es algo malo (sea niña o niño). Veréis que después estará tranquilo y volverá a jugar como si nada hubiera pasado.

Si persiste en agredir, habrá que inmovilizarle (con cariño) para que no haga daño. Intentará patalear y pegar con más fuerza así que debemos ser firmes y pacientes, procurando no alterarnos. Recuerda respirar antes de actuar.

Lo repetiremos día tras día hasta que cese. Pueden pasar semanas e incluso meses y merecerá la pena, pues el resultado perdurará durante toda la infancia.

Si el niño es más grande y no le hemos dejado llorar o pega a menudo, será más trabajoso. Con paciencia lo conseguiremos igualmente.

El truco está en tener claro (sin lugar a dudas) que:

  • Pegar no es algo permisible bajo ningún concepto.
  • El niño pega por frustración. No consigue lo que quiere y aún no sabe cómo conseguirlo. Puede ser por algo momentáneo como un juguete o alguna necesidad encubierta: Quiere que le hagan más caso y sabe que si se pelea lo conseguirá o quiere llorar por algo ya pasado pero no pudo o no se le permitió y sabe que si hay conflicto terminará llorando o quiere tener el poder delante de alguien más débil pues siente que los adultos tienen demasiado poder sobre él… Los niños tienen muchas necesidades encubiertas y es importante estar atentos en el momento de la agresión para intentar descubrir cual es.
  • Con violencia (verbal o física) no se resuelve el problema sino que se enseña a perpetuarlo.
  • Llorar es una buena herramienta para desahogar la rabia y la frustración (ya sea niña o niño).
  • Ceder o no ceder a sus demandas dependerá del momento y de la demanda y no de la intensidad con que lo pidan. Con el tiempo aprenderán a manejar su frustración y es algo que deben aprender.
  • La educación emocional es la mejor vía para educar niños felices.

 

Si te ha sido útil la información, sólo te pido un minuto de tu tiempo. Déjame un comentario en el que me cuentes de qué tema te gustaría saber más en estos momentos para mejorar tu maternidad. Puede ser que necesites información sobre cómo alimentar de forma adecuada a tu familia, o que necesites organizar mejor tu tiempo o tu casa, o que busques técnicas de autocontrol o control del estrés o de la frustración, o quizás tienes dudas sobre la crianza de tus hijos, o te gusta probar nuevos trucos de limpieza o nuevas recetas para tus peques, o quizás te gustaría tener un resumen de esos libros de maternidad y crianza de los que todo el mundo habla y nunca tienes tiempo de leer… Las posibilidades son infinitas. Solo será un minuto, anímate.